Soy un chico de 16 años, alto, rubio, ojos azules, muy simpático, amable y majo.
Para entender bien los extraños sucesos que voy a relatar a continuación, será precioso que retrocedamos en el tiempo hasta situarnos en una calurosa noche de principios de verano, cuando me disponía a cerrar las maletas para salir de vacaciones. Y lo que es rutina para muchos, para mí resultaba excepcional: por primera vez en varios años, mi familia había decidido volver a viajar.
Todo había surgido de forma repentina, porque un antiguo amigo de mi padre, fanático de la astronomía como él, acababa de reaparecer después de mucho tiempo; ahora vivía en las islas Canarias, y estaba empeñado en que le visitásemos. Yo sospechaba que lo de las vacaciones no era más que un pretexto, y que la clave del asunto era un eclipse de Sol que tendría lugar durante nuestra estancia que podía contemplarse de forma privilegiada desde esa zona.
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